III EL MUNDO NUEVO
O Tannenbaum, o Tannenbaum,
dein Kleid will mich was lehren:
Die Hoffnung und Beständigkeit gibt
Trost und Kraft zu jeder Zeit.
El hombre y el Príncipe se encontraron de repente a las afueras de un pequeño pueblo, cuyas humildes edificaciones apenas podían distinguirse a pesar de que aquella noche era muy clara. Soplaba una ligera brisa algo fresca y las cigarras cantaban alterando el impresionante silencio, así que no podía tratarse de una noche invernal. Cuando se disponían a cruzar un pequeño riachuelo nada profundo se dieron cuenta de que allí estaba una anciana, que por lo visto no se atrevía a atravesarlo. Johann la miró y se fijó en su rostro. Era sumamente desagradable. De figura menuda y flaca, en su arrugada cara cruzada de arrugas destacaban unos feos y enorme granos, que parecían estar a punto de reventar de pus.
- ¿No se atreve a pasar, señora? – inquirió, no obstante -. No hay mucha agua y apenas se mojará si lo hace.
La mujeruca, sorprendida ante el inusual tratamiento nada propio de la época, tardó algo en responder:
- La humedad me afecta mucho a los huesos, joven señor- dijo en latín.
Haciendo de tripas corazón Johann tomó en sus brazos a la desagradable mujeruca y sin mucho esfuerzo la trasladó al otro lado del riachuelo mientras Johnny-boy sonreía con socarronería.
Cuando con todo cuidado la dejó de nuevo en el suelo, la anciana desapareció como por ensalmo y en el aire de aquella noche irrepetible y única flotaron estas aladas palabras:
- Tu caridad no quedará sin recompensa, hombre que ama.
- Nuestra divina hermana Aurora se ha disfrazado de ese modo para probarte – comunicó entonces el Príncipe -. Te aseguro que, a pesar de nuestros buenos deseos, de no haberla ayudado jamás hubieras podido entrar en Belén esta noche.
- Podía haber elegido una forma más,.digamos, presentable – alegó sonriendo Johann.
- Siempre os fijáis en lo menos útil y por eso cometéis errores. Toma nota de que en el siglo I todo el mundo se tuteaba, de que el idioma de la gente humilde es el arameo y no el latín y date cuenta de que una anciana de esas características jamás hubiera salido sola por la noche, sobre todo en estos tiempos.
- Ya sé que sois muy listo, Alteza.
- Así es, pero en este caso bastaba con ser observador.
Las primeras casas del pequeño pueblo de Belén comenzaron a aparecer, pero no se apreciaba en ellas ni el menor signo de vida. Todas tenían un aspecto muy humilde y en una de ellas, evidentemente algo más grande que las demás, estaba colgado un letrero escrito en varios idiomas, entre ellos en latín, Gracias a eso Johann pudo darse cuenta de que se trataba de una especie de albergue.
- Sí, es la famosa posada en la que no había sitio debido a que este pequeño pueblo hoy está lleno de gente – confirmó Johnny- boy – Tú recuerdas lo que escrito está ¿no?
- Pues no del todo.
- Por aquellos días Augusto Cesar decretó que se levantara un censo en todo el Imperio romano, así que iban todos a inscribirse cada uno en su propio pueblo. También José, que era descendiente del Rey David subió desde Nazareth, ciudad de Galilea, a Judea y fue a Belén, la ciudad de David para inscribirse junto con María su esposa, que se hallaba encinta pero no hallaron sitio en la posada- recitó Johnny-boy.
- ¿Fue así realmente como ocurrió, Alteza?
- Sí – respondió sencillamente el Príncipe.
Johann miró nuevamente al edificio y se preguntó cómo sus dueños habían podido ser tan crueles hasta el punto de negar asilo a una mujer en avanzado estado de gestación.
- Es parecido a si tú te hubieras negado a cargar con la vieja – dijo entonces Johnny-boy -. Hoy eso te escandaliza porque sabes quienes eran los viajeros pero en aquella época la gente solo sabía que era un joven matrimonio pobre. Nada más que eso. No obstante, observa y aprende.
- Supongo que ahora tendremos que buscar el pesebre, ¿no?
- Oh, vaya, Johann tienes que esperar. El divino Niño aún no ha nacido Cuando nazca lo sabrás enseguida y entonces sí que podrás ir a verle – rió Johnny-boy
- Sí, bueno. Entonces tendremos que buscar a los pastores que cuidaban los rebaños.
- ¿Sabes tú de algún lugar en el que los pastores cuiden rebaños por la noche, Johann?
- Bueno no, pero el libro lo dice. Dice: “En ese mismo lugar había unos pastores que pasaban la noche al raso, turnándose para cuidar los rebaños”.
- Ya sabemos que lo dice, pero está mal. Bien puedes ver que no hay rebaños por ninguna parte ¿no? – respondió Johnny-boy haciendo un gesto muy significativo.
- Pues no; no los veo.
- Las ovejas también duermen ¿sabes?. Bueno, verás –explicó entonces el Príncipe -. Aunque los rebaños están en los establos durmiendo has de saber que en aquella época los pastores también dormían en ellos y que algunas noches se reunían alrededor del fuego para charlar y contarse cosas. Ahora no estamos muy lejos de uno de esos establos y por la luz que brilla a través de esa ventana es muy probable que haya varios pastores reunidos dentro.
- Pastores y pastoras ¿no?
- No. Sólo pastores y muy jóvenes en su gran mayoría. No preguntes tanto y mira al cielo.
En verdad que merecía la pena hacerlo. La bóveda celeste, cuajada de estrellas y con la Luna en todo su esplendor, ofrecía un aspecto magnífico y Johann se dio cuenta de que al observarla el alma se le llenaba de una indescriptible paz. Era una sensación de plenitud total y tan intensa, que costaba trabajo apartar la mirada de aquel Paraíso para volver a fijarla en la humilde Tierra. Enseguida Johann se dio cuenta de que procedente del Sur, algo que parecía una estrella muy brillante avanzaba a moderada velocidad. Sin duda era la famosa la Estrella de Belén e inmediatamente el corazón le saltó de gozo en el pecho.
-¿Salta tu corazón porque ha visto la Luz blanca de la Vida Eterna, hombre que ama? – preguntó entonces el Niño Azul -. Los hombres asegurarán más tarde que esta estrella anuncia el nacimiento del Hijo de Dios, pero Nos te decimos que esa estrella es la verdadera Vida y que ésta hallará enseguida un alma inmortal y un cuerpo semejante en todo al tuyo con los cuales se unirá formando una Persona humana, que sin dejar de serlo, será también lo que vosotros llamáis Dios. Observa, Johann y medita: que por Amor vuestro Dios desea encerrarse en vuestro cuerpo y padecer miseria, hambre y necesidad. Que por Amor nace como cualquiera de vosotros y que por Amor estará sujeto a todas las limitaciones de vuestra carne mortal y date cuenta en definitiva de que por Amor nace, que por Amor vivirá y que por Amor entregará esa Vida que hoy recibe. Dichosos los mortales que le sigan y todos aquellos que le tomen como ejemplo de Vida.
- ¿Es cierto, Alteza, que nacerá de una Madre virgen? – preguntó Johann, con los ojos aún arrasados en dulces lágrimas.
- Pues claro que no. Aunque Nos no entendemos mucho de esas cosas, no se puede ser a la vez Madre y virgen.
- Pero el Papa dice que sí se puede.
- Pues no. Dígalo el Papa o el Lucero del Alba, vamos –replicó el divino adolescente poniéndose muy serio - y además es mucho mejor ser madre que ser virgen.
La Luz estaba en ese momento justo encima de ellos. De repente su resplandor aumentó y llenando el cielo de una súbita e indescriptible claridad pareció llenarlo todo. Bruscamente despertados por aquel extraño fenómeno, los habitantes del lugar abrían las puertas de sus casas y fijaban la vista en aquel punto brillante. Algunos cubrían sus cabezas y se ponían de rodillas, pero otros no podían hacer otra cosa que mirar. Salieron también los pastores del establo y balaron las ovejas que estaban en su interior.
Entonces decenas de seres de Luz parecieron inundar los cielos y uno de ellos, que parecía más importante que los demás, dijo con una voz muy clara y potente:
- Que nadie tenga miedo ni se asuste, porque os traigo muy buenas noticias. Éstas alegrarán a todo el pueblo, que bendecirá a Dios porque se ha acordado de sus hijos. Esta noche os ha nacido un Salvador, que es el Hijo amado del verdadero Amor y cuyo nombre es Jesús. Él es verdaderamente el Cristo y su Reino no tendrá fin. Id sin tardanza a verle. Envuelto en blancos pañales está acostado en uno de los pesebres del establo de la posada.
Y mientras estas cosas decía centenares de seres de Luz llenaban el cielo de aquella irrepetible Noche y sus voces eran más dulces que la miel y sus vestiduras eran blancas como la nieve y una y otra vez repetían:
¡Gloría a Dios en lo más alto de los cielos y haya Paz en la tierra y en los corazones de los hombres que tienen buena voluntad¡.
Vuestro amigo Johann lloraba. Dulces lágrimas arrasaban sus ojos bajo los impulsos que le llegaban del alma inmortal, que saltaba de gozo ante la presencia de su Creador y que era presa de las más sublimes emociones. Ningún poeta ni escritor podría describir lo que sentía en aquellos momentos y yo no me atrevo ni a intentarlo siquiera.
Las gentes tardaron algo en reaccionar pero cuando lo hicieron se produjo una verdadera revolución en aquel pequeño pueblo. Hombres, mujeres y niños se pusieron rápidamente en marcha hacia el establo.
-¡Qué vergüenza¡ – decía un hombre de mediana edad de nombre Cleofás-. En cuanto vea a Baroz le echaré en cara su ingratitud por permitir que una mujer pariera en sus establos y no en su casa.
- No te enfades, que cuando llegaron seguramente no había sitio – alegó una mujer, que llevaba en un cesto blancos pañales.
.- Podía haberles dejado su propia habitación- replicó el aludido -. En un caso así yo lo hubiera hecho.
- Eso es muy fácil decirlo ahora – terció un joven soldado romano que llevaba una especie de barrica con miel – pero seguramente ninguno de nosotros les hubiera ofrecido albergue si nos lo hubieran pedido.
- Bueno, ahora ya no tiene remedio. Vayamos a ofrecerles nuestra ayuda. No imagino el estado en que se hallará la recién parida – adujo una señora, algo entrada en años -. Será preciso encontrarles un sitio mejor que el establo ¿no?
- Vendrá a mi casa – dijo el romano- . Mi mujer Lucila cuidará del niño y de su madre.
- Sólo faltaba que fuera a casa de un gentil y romano además – dijo un joven y barbudo hebreo, al parecer muy enfadado -. Vendrán a la mía y será mi madre quien cuidará de ellos. Los judíos no queremos saber nada ni con romanos ni con samaritanos
Éstos eran algunos de los comentarios que hacían las personas que se dirigían a toda prisa al establo pero como Johann no sabía arameo tuvo que ser Johnny-boy quien se los tradujera. Después dijo:
- Habrá lío, ya verás. Todo el mundo se peleará por llevarlos a su casa ahora. De esto tienes que aprender que debes siempre hacer el bien, sin mirar a quien se lo haces pues pudiera ocurrir que fuera el Amor mismo quien lo necesitara.
- Tenéis razón como siempre, Alteza – respondió Johann.
Habían llegado a los establos de la posada. Había gente que entraba y salía de uno de ellos y gente parada a la puerta comentando el insólito acontecimiento. Sin ser vistos por nadie, el hombre y el Reflejo atravesaron el corrillo de personas que bloqueaba la entrada y buscaron con la mirada al recién nacido.
No era una escena romántica la que presenciaban, sino que por el contrario era más bien miserable. En medio del establo y entre una mula y un buey estaba un pesebre sobre el que se habían colocado unos pañales y sobre él podía verse a un niño varón que lloraba como puede hacerlo cualquier recién nacido. Recostada en una especie de canapé se hallaba la que parecía ser su Madre, una joven menuda, morena y de rara belleza que se encontraba muy pálida. Dos o tres mujeres revoloteaban a su alrededor y había un tremendo ajetreo en el interior de aquel establo.
Johann se acercó hasta donde estaba la mujer y contuvo la respiración: Ante sus ojos se hallaba la mujer elegida para ser la Madre del Amor. Sintió necesidad de decir algo, pero no encontró palabras adecuadas. Al final, haciendo un esfuerzo considerable, musitó:
- Ave, Maria; graciae plena, Dominus tecum. Benedicta tu in mullieribus et benedictus frutus ventris Jesu
La Señora levantó los ojos y sonrió. Johann nunca supo si le había visto o no, pero lo cierto es que escuchó una voz muy dulce que decía:
- Ecce anchilla Domine. Fiat me secundum verbum tuum.
Notando que el corazón se le aceleraba, el hombre que ama se aproximó al pesebre en el que descansaba el divino Niño y miró sus ojos, que eran de un color azul muy intenso. No experimentó al hacerlo ninguna sensación especial. Muy al contrario el infante seguía gimoteando al parecer molesto por ser objeto de tanta atención. Detrás de él se hallaba en pie el que seguramente era su padre, un hombre de mediana estatura, algo entrado en años y con aspecto de artesano. Johann observó sus grandes y fuertes manos de carpintero y se dio cuenta de que tanto su manto como su túnica eran de tela muy basta, aunque tejida a mano. No se veía rastro de ángeles, ni existía otro resplandor que el proveniente de la pequeña hoguera que se había encendido. En conjunto, y como ya he dicho, la sensación que predominaba era la que se siente en presencia de la pobreza extrema.
De rodillas ante el divino Niño, Johann dijo en latín:
- Benedictus qui venit in nomini Domine. Dominus, illuminatio mea, adiutor me.
Luego presto atención a lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Tal y como Johnny-boy había supuesto todo el mundo porfiaba por llevarse a su casa al Niño y a su Madre y en torno a su padre se había organizado toda una batalla campal.
- Un niño hebreo no puede ir a la casa de un gentil – decía el joven barbudo gesticulando como un loco -. José, te ruego que no quebrantes la Ley y que permitas que te albergue en mi casa.
- Tu casa es demasiado pequeña – alegaba el soldado romano – y la mía, en cambio, es grande y tiene más comodidades. No sé que tiene que ver vuestra Ley en todo este asunto.
- Lo mejor es que permanezcan en la posada – sugería el dueño de ella, que había recibido numerosas críticas por parte de la mayoría de los presentes -. Les daré la mejor habitación que tengo.
- De ningún modo, que eres capaz de cobrarles la estancia – manifestó una rolliza mujer con sus manos puestas a modo de jarra - . La casa del romano es la mejor del pueblo, así que lo mejor es que se hospeden en ella y los que quieran ayudarles pueden ir a verles allí y llevarles lo que deseen.
- ¡Dios de Moisés, lo que faltaba¡ - exclamó el fanático judío de las barbas -.Todos os ponéis de acuerdo en quebrantar la Ley.
El que parecía ser el padre de la criatura dijo, no obstante:
- La Ley fue hecha para el hombre, Matatías, y no el hombre para la Ley. Iremos a casa del romano porque él fue quien nos la ofreció primero.
Resuelta definitivamente esta cuestión, la mujer entrada en años que tanto se había preocupado por la recién parida comenzó a disponerlo todo para el traslado. Con el niño en sus brazos, y arropado en pañales muy blancos, el canapé sobre el que descansaba María fue levantado por fuertes brazos y trasladado con toda delicadeza fuera del establo. Inmediatamente al lado de su mujer se situó el carpintero y detrás de ellos se formó una curiosa procesión formada por hombres y mujeres de todas las edades, que comentaban con alegría el insólito hecho. De vez en cuando se oía alguna exclamación jubilosa pero en conjunto las gentes callaban. No obstante, cuando estaban a punto de llegar a la casa en la que vivía el romano, se escuchó claramente la voz de un anciano que decía:
- Dios ha visitado a su pueblo. Bendito sea el Señor. Aleluya.
El joven matrimonio desapareció en el interior de la morada seguido por algunas personas, en su gran mayoría niños. El resto se dispersó enseguida no sin dejar de comentar las maravillas que habían presenciado aquella noche.
- ¿Eso es todo? –inquirió el hombre que ama mirando a su acompañante.
- Naturalmente. ¿Pues qué es lo que habías imaginado? ¿Que aparecerían angelitos por todas partes, pastorcitos y pastorcitas llevando regalos y lavanderas haciendo la colada en el río? El Amor Verdadero es sencillo y nada en él debe parecer extraordinario. Hoy ha nacido un Niño cuyo Amor salvará al mundo y sólo cuando eso ocurra este Niño será famoso. Se postrarán ante él todas las generaciones y le alabarán todas las gentes de buen corazón. Él es quien inicia un tiempo nuevo: el tiempo de amar. Un tiempo en el que tú aún estás y en el que también lo están todos tus contemporáneos. Sin embargo, recuerda que ha tenido un principio y que en consecuencia debe tener también un final.
Oh Tannenbaum, Oh Tannenbaum,
dein Kleid will mich was lehrenEl villancico había concluido y Johann se volvió hacia el Príncipe para comentarle lo feliz que se sentía por aquel inesperado y prodigioso viaje hecho tras burlar al Tiempo. Pero Johnny-boy había desaparecido. Inmediatamente el timbre de la puerta sonó y el hombre que ama, que no esperaba visita, se aproximó a ella y antes de abrirla preguntó:
- ¿Quién es?
- ¡Ábrenos Johann, que somos tus amigos¡ Hemos venido a tomar una copa. No armaremos lío, pero queremos estar contigo esta noche aunque sólo sean unos minutos.
Sonriendo, el amigo de todo el género humano abrió la puerta. Sí, eran sus amigos. No le habían olvidado, como temía, en la Noche más hermosa del año.
FELIZ NOCHEBUENA Y FELIZ NAVIDAD A TODOS
JUAN